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La Iglesia goyana interpela sobre el desperdicio de alimentos
Por Administrador
Publicado en 01/10/2026 14:46
Locales

 

EN UNA REGIÓN PRODUCTORA COMO ES EL CENTRO Y SUR CORRENTINO, EL PLANTEO ADQUIERE OTRA DIMENSIÓN: AÑOS ATRÁS AGRICULTORES DE GOYA Y OTRAS LOCALIDADES CORRENTINAS LLEGARON A DESECHAR SUS COSECHAS PORQUE LEVANTARLAS Y TRANSPORTARLAS COSTABA MÁS QUE LO QUE RECIBÍAN POR ELLAS. (FOTO ARCHIVO).

El obispo de Goya, Monseñor Adolfo Canecín, llamó a reflexionar sobre los millones de toneladas de comida que se pierden cada año. Muchas veces lo que se produce no alcanza a llegar a la mesa.

El llamado de la Iglesia a tomar conciencia sobre el desperdicio de alimentos adquiere una dimensión particular en Corrientes. No se trata solamente de aquello que una familia desecha en su casa o de lo que queda sin vender en un comercio. En una provincia productora, la discusión comienza muchas veces antes: en el campo, cuando cosechar, transportar y comercializar puede resultar más caro que dejar perder aquello que fue producido.

 

El obispo de Goya, monseñor Adolfo Canecín, puso el tema nuevamente en discusión ayer al compartir con el Consejo Pastoral Diocesano y las comunidades una declaración de Cáritas Argentina y Pastoral Social por el Día Internacional de Concientización sobre las Pérdidas y el Desperdicio de Alimentos. Bajo el lema "Tuve hambre y ustedes me dieron de comer", la propuesta es revisar las prácticas de producción, consumo y descarte.

 

La cifra expone la magnitud del problema: en la Argentina se pierden y desperdician alrededor de 16 millones de toneladas de alimentos por año. Pero la reflexión impulsada por Canecín procura ir más allá del número: detrás de cada alimento descartado también se desperdician agua, tierra, energía, transporte, trabajo y dinero.

 

En Goya esa interpelación encuentra antecedentes concretos. Productores hortícolas llegaron a tirar tomates ante precios que no permitían sostener la cosecha. Uno de ellos denunció que recibía ofertas de apenas $2.000 por un cajón de 20 kilos mientras observaba que el kilo de ese producto a valores muy superiores en comercios. A ello se sumaban los problemas de caminos deteriorados y logística para sacar la producción.

 

Esto no fue ni es un fenómeno aislado. En distintos momentos de la última década, productores de Goya, Santa Lucía y Lavalle enfrentaron la misma ecuación con tomates y otras hortalizas: si el valor obtenido en origen no alcanza para cubrir la mano de obra necesaria para levantar la cosecha, el embalaje, el combustible y el transporte, producir deja de garantizar que ese alimento llegue efectivamente a una mesa.

 

 

NO A LA INDIFERENCIA

 

La paradoja es difícil de ignorar. Puede existir alimento disponible y, simultáneamente, personas con dificultades para acceder a él. La propia declaración difundida por Canecín aclara que el desperdicio no explica por sí solo el hambre, cuyas causas económicas, sociales y estructurales son mucho más complejas. Pero advierte que tampoco corresponde permanecer indiferentes frente a la convivencia entre descarte y necesidades alimentarias.

 

La historia argentina ofrece otros ejemplos. Hace más de una década, tamberos santafesinos también llegaron a desechar leche cuando las dificultades económicas y logísticas hacían inviable sacar la producción de los establecimientos. Cambia el producto, pero permanece una pregunta incómoda: ¿cómo evitar que aquello que todavía puede alimentar termine convertido en desperdicio?

 

Allí el mensaje de la Iglesia deja de ser únicamente una exhortación individual. Cáritas y Pastoral Social distribuyen responsabilidades: las empresas pueden revisar procesos; los mercados mejorar mecanismos de recuperación; los productores encontrar destinos alternativos para alimentos sin salida comercial; las organizaciones sociales aprovecharlos; las universidades generar conocimiento y el Estado establecer políticas públicas.

 

No alcanza, entonces, con pedir al consumidor que tire menos comida. También es necesario preguntarse por qué un productor puede terminar prefiriendo abandonar una cosecha que asumir el costo de recogerla.

 

La reflexión que Canecín lleva a las comunidades de la Diócesis de Goya apunta precisamente a instalar esa conciencia colectiva. Prevenir, recuperar, aprovechar, compartir y transformar son las acciones propuestas. El desafío puede resumirse en la pregunta que deja el documento: "¿Qué podemos hacer para que sobre menos?".

 

En una región que conoce tanto el esfuerzo de producir alimentos como la frustración de no poder comercializarlos, el llamado cobra especial sentido: desperdiciar menos también significa valorar el trabajo que existe detrás de cada cosecha y construir mecanismos para que aquello que fue producido llegue, finalmente, a quien puede necesitarlo.

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